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Francisco I y el socialismo del siglo XXII


El modelo a seguir en el proceso de liberación de los seres humanos, objetivo final de los procesos de cambio que se proponen, está basado a nivel político y económico, en el desarrollo democrático regional, en una valoración de la producción basada en el trabajo que costó realizarla y no en las leyes de mercado capitalistas, en la participación con protagonismo de todos y cada uno de los ciudadanos en la conducción de su comunidad, y en la intervención permanente y activa de las organizaciones de base.

Ese estado ideal de un mundo sin fronteras ni diferencias, fragmentado en espacios necesarios pero unificado por sus necesidades similares y por compartir idénticas respuestas para idénticas cuestiones, permitirá que un Estado democrático fuerte sustentado por un pueblo satisfecho y convencido de las bondades de el sistema en el que vive pueda hacer caer toda forma de explotación de los hombres por los hombres.

Con ciudadanos que tengan a su disposición iguales oportunidades de salud, educación, seguridad, vivienda, esparcimiento, etc. y que usen su poder individual para generar y controlar en forma permanente y racional los mecanismos que mueven al conjunto para alcanzar cada vez más logros, el ser humano feliz dejará de ser una utopía para convertirse poco a poco en una realidad palpable.

¿Es ese, quizá, un "socialismo del siglo XXII"? ¿Es esa, tal vez, la esencia de la propuesta que por estos días surge de labios de un Papa católico que comparte ideas con líderes socialistas de América Latina y de otros puntos del planeta?

Pero uno de estos líderes, quizá el más significativo del socialismo de este siglo XXI, el fallecido presidente venezolano Chávez, señaló alguna vez que todo deberá ir modificándose por etapas. Propuso que el primer paso debería ser la que llamó "democracia revolucionaria", que ha comenzado a ponerse en movimiento en muchos países. Y si todo debe basarse, como muchos conductores políticos del cambio reiteran con frecuencia, en la fraternidad, el amor, la libertad y la igualdad, ¿no es posible que el segundo escalón hacia el mundo mejor propuesto se soporte también con la presencia de un argentino en la conducción de 1.200 millones de católicos?

No pocas veces surgieron desde ámbitos aparentemente enfrentados ideológicamente discursos proponiendo objetivos similares, pero quizá es en estos momentos cuando esos pensamientos no solamente han madurado algo más sino que el suelo en el que caen las semillas es cada vez más propicio, ya que los otros modelos intentados solamente han conducido al fracaso.

El siglo XXI no verá florecer en todo el planeta la propuesta socialista ni las metas que hoy parece haberse fijado el nuevo Papa. Probablemente se deba a que ambas vertientes provienen de fuentes envenenadas por historias del pasado antiguo y del pasado reciente. No existen revoluciones conservadoras. Los que han asumido como líderes de lo que alguna vez se llamó "la izquierda" están contaminados en muchos casos por sus propias ambiciones personales o las de algunos de sus seguidores. El fervor de occidente por Francisco I está muy alejado de un sentimiento parecido por una Iglesia Católica que ha dado siempre la imagen de estar diametralmente enfrentada a los Mandamientos que asegura defender.

Pero, por estos tiempos de tránsito del pensamiento sociopolítico hacia mejores realizaciones individuales y colectivas, parece ser que quizá sea lo que hay el fundamento necesario y suficiente para un avance, siempre tambaleante y algo impreciso cuando se lo ve en el día a día, pero inexorable si se considera que algún momento no muy lejano se estará más cerca de la meta.

No será sencillo. Para poner un pie en el tercer escalón, seguramente los grupos humanos que acepten esta nueva posibilidad política (que se irá diferenciando cada día un poco más de casi míticos personajes llamados Marx, Lenin, Trotsky, etc.) deberán despersonalizarse y esparcir el poder entre sus ciudadanos. Para poner un pie en el tercer escalón, sin duda la propia Iglesia que por estos días parece ayudar a reforzar el camino, dejará de existir y, con ella, toda otra creencia mística que impida que los propios pueblos sean los artífices de sus destinos.

Hoy existe un objetivo común del socialismo y del Papa Francisco: completar en los próximos años la destrucción del capitalismo impiadoso. Y posiblemente se los verá trabajando juntos para lograrlo. Con idas y venidas, encuentros y desencuentros, éxitos y fracasos. Pero siendo impulsados a continuar por la necesidad común de escribir para la humanidad una historia mejor.

Porque está en juego la supervivencia de este ser que, haya llegado al planeta como haya llegado, debe intentar permanecer en él tanto tiempo más como le sea posible utilizando como herramienta su inteligencia, la que le dice con voz cada vez más potente que solamente podrá lograrlo mediante la libertad, la igualdad y la fraternidad. Ya es tiempo que esos principios de una revolución que alguna vez cambió el mundo sean puestos en práctica.

Daniel Aníbal Galatro
Esquel - Argentina - Julio de 2013.

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