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Recuerdos de mi muerte - Apunte 5 - La esquina del tesoro


Ante todo, gracias. Nuevos amigos se suman con la publicación de cada apunte y esos amigos, como vos, han comenzado a intercambiar valiosas ideas y experiencias que nos enriquecen a todos. Y eso, diría mi padre, "es impagable".

Como lo anticipé en algún comentario anterior, un hecho de los que "viví" por esos días de sueño profundo inducido por la morfina me resultó realmente impactante.

En uno de los pocos paseos que realizamos Olga y yo cuando ella me pasaba a buscar por la clínica al caer el sol, seguimos transitando la Avenida Fontana hasta llegar a la esquina de Rivadavia.

Estábamos a pocos metros de la casa en una de cuyas habitaciones habíamos vivido unos días antes de mi percance.

Pero en nuestro paseo "virtual", y transitando por la vereda en la que se encuentran los negocios de nuestros queridos amigos Alicia (Girasol Patagonia) y Luis (Lucho Manucho) aunque no aparecían en el "sueño", vimos de pronto la citada esquina a unos 40 ó 50 metros de distancia.

En la penumbra del atardecer se delineaba un caserón muy antiguo, como de tiempos de la fundación de la ciudad cien años antes, de una sola planta muy alta, ventanales despintados y cerrados que daban a Rivadavia con una puerta en medio que igualmente rondaba los 4 metros, despintada también pero entreabierta, y que dejaba ver el comienzo de un pasillo hacia el interior de la vivienda.

Esta construcción no concidía en estilo con las que la rodeaban, mucho más modernas. Era como una fotografía de los abuelos pegada en el álbum de los nietos. Tanto así que todo lo que veíamos en esa realidad aparecía "en blanco y negro", y eso hacía más extraño el espectáculo.

Sobre la calle, estacionado frente a la casa, un largo carro de madera de más de 10 metros de largo estaba como a la espera de una pronta partida. Orientado con su "proa" hacia la Avenida Fontana, un caballo grande y en apariencia algo viejo estaba uncido al vehículo. Y en el lugar que debería ocupar en cualquier momento el conductor, se podía ver una joven vestida como reina o princesa, casi refulgente y seguramente hermosa, que contrastaba con su blancos y prolijos ropajes con los variados grises descascarados de vivienda, carro y animal.

Olga se mostraba sorprendida por no comprender qué era eso que veíamos. Yo también estaba algo confundido pero le comenté que seguramente habría en Esquel un desfile de carrozas por el aniversario de algo, y ese que teníamos frente a nosotros participaría con su "reina". Y que ese antiguo lugar sería una institución, algo así como un club, aunque no se apreciaba ningún cartel a la entrada.

De pronto comenzó a sonar una música que reconocí al instante. Era una vieja canción marinera que Robert Louis Stevenson había plasmado en un lugar de su "Isla del Tesoro" y que hablaba de "quince hombres van en el cofre del muerto, ay, ay, ay, la botella de ron". Era de esas tonadas que cantan en las películas los marineros gordos y de barbas hirsutas, hamacándose enlazados por sus brazos y sosteniendo jarras de porcelana llenas de cerveza. Pero aquí la canción era solamente un fondo musical para la imagen estática del caballo, el carro, y la muchacha parada en su parte delantera.

Y me quedó la duda acerca de si había alguna carga en la parte trasera del transporte porque se me ocurrió en ese momento que debía haber un cofre o arcón grande como los que acompañaban a los piratas, pero no logré ver nada.

La imagen de me borró de pronto, como si el efecto de la morfina se esfumara y la realidad u otro capítulo de mi experiencia reemplazaran a ése tan particular.

El recuerdo de esas imágenes fue tan impactante que me quedó muy grabado, a pesar de que ahora que escarbo en él noto que no mostraba muchos detalles visuales, como si la canción del cofre del muerto hubiese pasado a primer plano y el resto fuera solamente su escenografía.

Voy reorganizando mis imágenes de la esquina de Fontana y Ameghino, que realmente tenía poco o nada que ver con la que conocemos. Por allí pasaba, por ejemplo, el arroyo Esquel, con un puente de madera que permitía cruzarlo. Pero no será lo único que interesará para esta historia de mi muerte supuesta o real.

Hasta el próximo apunte.

Daniel Aníbal Galatro
danielgalatro@gmail.com
Esquel - Chubut - Argentina

2 comentarios:

  1. Apreciado Amigo, que recuento tan real me hizo divisar por un momento la descripción a tal punto que el final me dejo con la inquietud de un nuevo apunte.
    gracias.

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  2. Me gustaría saber quién eres pero de todos modos te invito a recorrer los 29 apuntes en este mismo blog y completarlos con el relato de Olga. Luego espero tu comentario que seguramente será valioso para ayudarme a comprender qué fue lo que realmente me ocurrió. Un abrazo desde Esquel.

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